"¬ŅSe√Īor, a qui√©n iremos?. T√ļ tienes palabras de vida eterna." Jn 6, 68



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Domingo de Ramos en la Pasi√≥n del Se√Īor

Libro de Isaías 50,4-7.
El mismo Se√Īor me ha dado una lengua de disc√≠pulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada ma√Īana, √©l despierta mi o√≠do para que yo escuche como un disc√≠pulo.
El Se√Īor abri√≥ mi o√≠do y yo no me resist√≠ ni me volv√≠ atr√°s.
Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.
Pero el Se√Īor viene en mi ayuda: por eso, no qued√© confundido; por eso, endurec√≠ mi rostro como el pedernal, y s√© muy bien que no ser√© defraudado.

Salmo 22(21),8-9.17-18a.19-20.23-24.
Los que me ven, se burlan de mí,
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:
¬ęConfi√≥ en el Se√Īor, que √Čl lo libre;
que lo salve, si lo quiere tanto.¬Ľ

Me rodea una jauría de perros,
me asalta una banda de malhechores;
taladran mis manos y mis pies.
Yo puedo contar todos mis huesos.

Se reparten entre sí mi ropa
y sortean mi t√ļnica.
Pero t√ļ, Se√Īor, no te quedes lejos;
t√ļ que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme.

Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,
te alabaré en medio de la asamblea:
¬ęAl√°benlo, los que temen al Se√Īor;
glorifíquenlo, descendientes de Jacob;
t√©manlo, descendientes de Israel.¬Ľ



Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11.
Jesucristo, que era de condición divina,
no consideró esta igualdad con Dios
como algo que debía guardar celosamente:
al contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de servidor
y haciéndose semejante a los hombres.
Y present√°ndose con aspecto humano,
se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte
y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que est√° sobre todo nombre,
para que al nombre de Jes√ļs,
se doble toda rodilla
en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:
"Jesucristo es el Se√Īor".

Evangelio seg√ļn San Lucas 22,14-71.23,1-56.
Llegada la hora, Jes√ļs se sent√≥ a la mesa con los Ap√≥stoles y les dijo:
"He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión,
porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios".
Y tomando una copa, dio gracias y dijo: "Tomen y comp√°rtanla entre ustedes.
Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios".
Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía".
Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: "Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.
La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí.
Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido se√Īalado, pero ¬°ay de aquel que lo va a entregar!".
Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso.
Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande.
Jes√ļs les dijo: "Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores.
Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor.
Porque, ¬Ņqui√©n es m√°s grande, el que est√° a la mesa o el que sirve? ¬ŅNo es acaso el que est√° a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve.
Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas.
Por eso yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí.
Y en mi Reino, ustedes comer√°n y beber√°n en mi mesa, y se sentar√°n sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo,
pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y t√ļ, despu√©s que hayas vuelto, confirma a tus hermanos".
"Se√Īor, le dijo Pedro, estoy dispuesto a ir contigo a la c√°rcel y a la muerte".
Pero Jes√ļs replic√≥: "Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habr√°s negado tres veces que me conoces".
Despu√©s les dijo: "Cuando los envi√© sin bolsa, ni alforja, ni sandalia, ¬Ņles falt√≥ alguna cosa?".
"Nada", respondieron. El agregó: "Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una.
Porque les aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: Fue contado entre los malhechores. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí".
"Se√Īor, le dijeron, aqu√≠ hay dos espadas". El les respondi√≥: "Basta".
En seguida Jes√ļs sali√≥ y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus disc√≠pulos.
Cuando llegaron, les dijo: "Oren, para no caer en la tentación".
Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:
"Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba.
En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.
Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza.
Jes√ļs les dijo: "¬ŅPor qu√© est√°n durmiendo? Lev√°ntense y oren para no caer en la tentaci√≥n".
Todav√≠a estaba hablando, cuando lleg√≥ una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acerc√≥ a Jes√ļs para besarlo.
Jes√ļs le dijo: "Judas, ¬Ņcon un beso entregas al Hijo del hombre?".
Los que estaban con Jes√ļs, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron: "Se√Īor, ¬Ņusamos la espada?".
Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha.
Pero Jes√ļs dijo: "Dejen, ya est√°". Y toc√°ndole la oreja, lo cur√≥.
Despu√©s dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que hab√≠an venido a arrestarlo: "¬ŅSoy acaso un ladr√≥n para que vengan con espadas y palos?
Todos los días estaba con ustedes en el Templo y no me arrestaron. Pero esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas".
Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos.
Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos.
Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: "Este también estaba con él".
Pedro lo negó, diciendo: "Mujer, no lo conozco".
Poco despu√©s, otro lo vio y dijo: "T√ļ tambi√©n eres uno de aquellos". Pero Pedro respondi√≥: "No, hombre, no lo soy".
Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo: "No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo".
"Hombre, dijo Pedro, no sé lo que dices". En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo.
El Se√Īor, d√°ndose vuelta, mir√≥ a Pedro. Este record√≥ las palabras que el Se√Īor le hab√≠a dicho: "Hoy, antes que cante el gallo, me habr√°s negado tres veces".
Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Los hombres que custodiaban a Jes√ļs lo ultrajaban y lo golpeaban;
y tap√°ndole el rostro, le dec√≠an: "Profetiza, ¬Ņqui√©n te golpe√≥?".
Y proferían contra él toda clase de insultos.
Cuando amaneci√≥, se reuni√≥ el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jes√ļs ante el tribunal
y le dijeron: "Dinos si eres el Mesías". El les dijo: "Si yo les respondo, ustedes no me creerán,
y si los interrogo, no me responder√°n.
Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentar√° a la derecha de Dios todopoderoso".
Todos preguntaron: "¬ŅEntonces eres el Hijo de Dios?". Jes√ļs respondi√≥: "Tienen raz√≥n, yo lo soy".
Ellos dijeron: "¬ŅAcaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos o√≠do de su propia boca".
Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.
Y comenzaron a acusarlo, diciendo: "Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías".
Pilato lo interrog√≥, diciendo: "¬ŅEres t√ļ el rey de los jud√≠os?". "T√ļ lo dices", le respondi√≥ Jes√ļs.
Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud: "No encuentro en este hombre ning√ļn motivo de condena".
Pero ellos insist√≠an: "Subleva al pueblo con su ense√Īanza en toda la Judea. Comenz√≥ en Galilea y ha llegado hasta aqu√≠".
Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo.
Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.
Herodes se alegr√≥ mucho al ver a Jes√ļs. Hac√≠a tiempo que deseaba verlo, por lo que hab√≠a o√≠do decir de √©l, y esperaba que hiciera alg√ļn prodigio en su presencia.
Le hizo muchas preguntas, pero Jes√ļs no le respondi√≥ nada.
Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.
Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato.
Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo,
y les dijo: "Ustedes me han tra√≠do a este hombre, acus√°ndolo de incitar al pueblo a la rebeli√≥n. Pero yo lo interrogu√© delante de ustedes y no encontr√© ning√ļn motivo de condena en los cargos de que lo acusan;
ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte.
Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad".

Pero la multitud comenzó a gritar: "¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!".
A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
Pilato volvi√≥ a dirigirles la palabra con la intenci√≥n de poner en libertad a Jes√ļs.
Pero ellos seguían gritando: "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!".
Por tercera vez les dijo: "¬ŅQu√© mal ha hecho este hombre? No encuentro en √©l nada que merezca la muerte. Despu√©s de darle un escarmiento, lo dejar√© en libertad".
Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento.
Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo.
Dej√≥ en libertad al que ellos ped√≠an, al que hab√≠a sido encarcelado por sedici√≥n y homicidio, y a Jes√ļs lo entreg√≥ al arbitrio de ellos.
Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Sim√≥n de Cirene, que volv√≠a del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detr√°s de Jes√ļs.
Lo segu√≠an muchos del pueblo y un buen n√ļmero de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por √©l.
Pero Jes√ļs, volvi√©ndose hacia ellas, les dijo: "¬°Hijas de Jerusal√©n!, no lloren por m√≠; lloren m√°s bien por ustedes y por sus hijos.
Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!
Entonces se dir√° a las monta√Īas: ¬°Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¬°Sep√ļltennos!
Porque si as√≠ tratan a la le√Īa verde, ¬Ņqu√© ser√° de la le√Īa seca?".
Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.
Cuando llegaron al lugar llamado "del Cr√°neo", lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Jes√ļs dec√≠a: "Padre, perd√≥nalos, porque no saben lo que hacen". Despu√©s se repartieron sus vestiduras, sorte√°ndolas entre ellos.
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: "Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!".
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre,
le decían: "Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!".
Sobre su cabeza había una inscripción: "Este es el rey de los judíos".
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¬ŅNo eres t√ļ el Mes√≠as? S√°lvate a ti mismo y a nosotros".
Pero el otro lo increpaba, dici√©ndole: "¬ŅNo tienes temor de Dios, t√ļ que sufres la misma pena que √©l?
Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo".
Y dec√≠a: "Jes√ļs, acu√©rdate de m√≠ cuando vengas a establecer tu Reino".

El le respondió: "Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso".
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde.
El velo del Templo se rasgó por el medio.
Jes√ļs, con un grito, exclam√≥: "Padre, en tus manos encomiendo mi esp√≠ritu". Y diciendo esto, expir√≥.
Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: "Realmente este hombre era un justo".
Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.
Todos sus amigos y las mujeres que lo hab√≠an acompa√Īado desde Galilea permanec√≠an a distancia, contemplando lo sucedido.
Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo,
que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios.
Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jes√ļs.
Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.
Las mujeres que hab√≠an venido de Galilea con Jes√ļs siguieron a Jos√©, observaron el sepulcro y vieron c√≥mo hab√≠a sido sepultado.
Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.



Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.




Leer el comentario del Evangelio por : San Cirilo de Alejandría
‚Äú¬°Hosanna! ¬°Bendito sea el Reino que viene! ‚ÄĚ (Mc 11,9-10)



 
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