"¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna." Jn 6, 68



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Lunes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario
Leer el comentario del Evangelio por
Orígenes (c. 185-253), presbítero y teólogo
Comentario al Cantar de los Cantares, prólogo 2, 26-31

«Anda, haz tú lo mismo»

     Está escrito: «Amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios» (1 Jn. 4:7) y poco después «Dios es amor» (v.8). Aquí se nos muestra a la vez que Dios mismo es amor, y que el que es de Dios es amor. Pero ¿Quién es de Dios sino el que dice: «Salí del Padre y he venido al mundo»? (Jn 16:28). Si Dios Padre es amor, el Hijo es también amor. El Padre y el Hijo son uno y no difieren en nada. Por eso es con todo derecho que Cristo, por la misma razón que es Sabiduría, Poder, Justicia, Verbo, y Verdad es llamado también Amor.

      Y porque Dios es amor y que el Hijo que es de Dios es amor, él exige que en nosotros haya algo que nos haga semejantes a él, de manera que, por este amor, esta caridad que está en Cristo Jesús, estemos unidos a él por una especie de parentesco gracias, a ese nombre. Como lo decía san Pablo, que estaba unido a él: « ¿Quién nos separará del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor?» (Rm 8:39).

      Este amor de caridad nos permite estimar a todo hombre como  nuestro prójimo. Es por esta razón que el Salvador corrigió a un hombre que creía que un alma justa no está obligada a observar en todos las leyes que tratan de la condición del prójimo.  Y compuso la parábola que dice: «Un hombre cayó en manos de bandidos cuando bajaba de Jerusalén a Jericó». Reprueba al sacerdote y al levita que, viéndole medio muerto, pasaron de largo, pero rinde homenaje al Samaritano que practicó la misericordia con el herido. Y hace confirmar, gracias a la respuesta del mismo que había hecho la pregunta, que este último fue el prójimo del hombre herido, y concluye diciéndole: «Ve y haz tú lo mismo». En efecto, por naturaleza, todos somos prójimos los unos de los otros sin embargo, por medio de las obras de caridad, el que puede hacer el bien se hace el prójimo de aquel que no lo puede. Es por eso que nuestro Salvador se hace nuestro prójimo y no pasa de largo delante de nosotros cuando yacemos «medio muertos» como consecuencia de las «heridas infligidas por los bandidos».



 
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